¿CÓMO REGULAMOS NUESTRAS EMOCIONES?

Nuestro sistema nervioso necesita de otro sistema nervioso que esté regulado, calmado, para regularnos, y así poder llegar a aprender a autorregular (calmar y manejar) por nosotros mismos nuestras emociones.

Los niños no tienen la capacidad para autorregular sus emociones: necesitan un “termostato” o regulador externo que les ayude, -el adulto-, y a través de ello podrán poco a poco madurar los circuitos de la autorregulación. Por ejemplo: el bebé llora, y necesita ser cogido por su madre/padre o cuidador/a, necesita ser mirado y atendido con cariño, consolado, estando el adulto en calma; el papá o la mamá pone palabras a lo que le ocurre al bebé, y responde a su necesidad de forma sensible. Mediante las experiencias de ser regulados a través de nuestros padres o cuidadores a lo largo de la infancia, con esa corregulación o regulación diádica, conseguiremos desarrollar la capacidad para autorregularnos.

Cuando un/a niño/a se hace daño físico -por ejemplo, se cae- o ante algo que sucede en su entorno se desregula emocionalmente (puede ser que un compañero le diga algo que le molesta, o que vea una imagen impactante, o que escuche a sus padres discutir… y siente angustia, miedo, tristeza o rabia), necesita que el adulto a cargo le acoja: le proteja, le acompañe en la emoción, le consuele -le calme, estando el adulto calmado-, y le ayude a organizar sus sentimientos -poner palabras a los que ha pasado, cómo se ha sentido, qué ha ocurrido después y cómo se siente ahora-. Para poder acompañar al niño/a en estas necesidades de conexión, el/la adulto debe estar regulado emocionalmente, y debe acompañar al niño/a desde la calma, el respeto y el cariño.

¿QUÉ OCURRE SI HAY FALLOS EN LA CORREGULACIÓN EMOCIONAL?

Si el/la niño/a no ha sido corregulado por el/la adulto/a lo suficiente, o esa regulación diádica no se ha dado del modo adecuado (si por ejemplo la madre o el padre cortan la expresión emocional del niño/a, o no dan importancia a lo que le ocurre al/la niño/a, o el adulto está desregulado y responde al niño o niña desde su propio estado emocional…) o no se ha producido de forma consistente -desde que es bebé, a lo largo de toda la infancia, y estando presentes en la adolescencia-, el niño no aprenderá después a autorregularse.

Así, conforme se haya dado este proceso a lo largo de nuestro desarrollo, en la edad adulta seremos personas capaces o no de regular nuestras emociones y de acompañar a las personas que tenemos cerca en su emoción -y corregular a nuestra pareja, nuestro/a hijo/a, nuestros amigos…-.

Los fallos en la capacidad de autorregulación o capacidad de uno mismo para regular sus propias emociones, pueden emerger en la adolescencia, al tratarse de un período crítico en el desarrollo.

Además, las experiencias difíciles o traumáticas, como:

-duelos, bullying, dificultades en el entorno familiar, separaciones, enfermedades, hospitalizaciones, negligencias, abandono…

influyen negativamente en el desarrollo neurobiológico, incluyendo la capacidad de regulación.

Si somos padres, podemos ayudar a nuestro sistema nervioso a estar más regulado. De este modo podremos acompañar a nuestro /a hijo/a en su emoción desde ese estado de regulación, corregularle, y a  través de esas experiencias podrá aprender a autorregularse.

Como adultos, podemos trabajar en nuestra capacidad de autorregulación y de regulación diádica con los que nos rodean.

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